
Si alguna emoción es constante en la humanidad es el miedo. Este forma parte de las primeras programaciones a las que la persona se ve sometida. Por supuesto que también es un medio de protección y algo natural. Todos experimentamos miedo y, de hecho, si no lo hiciésemos no existiríamos, pues esta sensación está vinculada a nuestro instinto de supervivencia.
El miedo es, por tanto, una herramienta útil. Si estamos caminando de noche por un camino y de repente este termina en un precipicio, sentimos miedo y lo primero que hacemos es parar. En principio ese miedo es bueno, ya que nos hace parar ante un riesgo y hasta que no sepamos qué es eso es mejor quedarse quieto.
Desde ese punto de vista, el miedo es una fuerza que tiene como objetivo evitar peligros de cualquier naturaleza y funciona como una señal que interrumpe cualquier acción imprudente. Sin embargo, el número, la intensidad y la repetición de los miedos del hombre moderno están muy lejos de ser algo natural. Es antinatural; más aún, es una imposición, un artificio de control sobre él. A la luz de como gestiona y vive esos miedos- el ciudadano moderno construye su historia personal.
Ágamos un breve recorrido de como este se va instalando en nuestras vidas. Una mujer sabe que está esperando un hijo y si bien siente alegría por dicho acontecimiento, también empieza a tener miedo por si nacerá bien, si no habrá alguna malformación…en vez de disfrutar el milagro de la vida que se gesta en su vientre, en vez de disfrutar su Divinidad. A esto contribuye la cantidad de controles, análisis, pruebas a las que se ve sometida la mujer embarazada con lo que se va creando una idea de enfermedad, de que puede haber variados problemas y esta forma de sentir de la madre va formando parte de ese Ser que se está formando.
Un niño nace, y acto seguido, es vacunado por el miedo que sus padres tienen a pueda ponerse enfermo. Llega a casa y en muchos casos a los pocos días por miedo a las malas costumbres a ese niño lo ponen a dormir solo, si llora para comer lo deja llorar, por miedo a que luego no puedan descansar durante la noche, así en unos días dejara de pedir, de esta forma los padres vuelven a dormir toda la noche y a más se sienten orgullosos porque acostumbraron a su hijo a no pedir de comer de noche, así ese niño va formándose una idea de la vida construyendo su historia personal.
Posteriormente, con cuatro o cinco años, sus padres le escolarizan por miedo a no poder ofrecerle ellos mismos una educación que integre a su hijo en una sociedad a la que tienen miedo. El niño crece aprendiendo de un profesor al que tiene cierto miedo, comportándose según los patrones establecidos por miedo a no ser aceptado por el grupo, respetando a otros niños y profesores que amenazan a través del miedo. El niño continúa insertadose en el sistema educativo –“estudiando”- por miedo a decepcionar las expectativas colocadas en él.
Dentro de ese sistema, “escoge” una formación universitaria por miedo al porvenir, miedo al futuro, miedo a quedarse encerrado: busca una “salida” profesional. No escoge lo que le gusta, aquello con lo que se sentiría bien haciendo por el temor a no tener una salida laboral (aunque con lo que elige luego tampoco encuentre la salida que esperaba, por lo que el miedo sigue siendo el motor de su vida). Finalmente inicia sus estudios universitarios según los miedos generales: carrera con más “salidas”, preferencia de la familia miedosa, seguir la saga familiar… En la universidad tiene miedo a suspender, miedo a perder la “beca”, miedo a tener que pagar más dinero por tener miedo; y, tras unos cuantos años de angustias y miedos, se “gradúa” en un estudio del que tiene miedo que no sirva para insertarse en el mercado laboral.
Luego sigue formándose: idiomas, masters, curso de especialización, todo por miedo a la carrera que eligió no sea suficiente.
Encuentra un trabajo en el que trabaja muchas más horas de las que le pagan, todo por miedo a perder su empleo, por miedo a su jefe, a no ser valorado.
Podríamos seguir: forma una familia, compra una vivienda y comienza el miedo a no poder pagarla, a no poder cubrir las necesidades de sus hijos…. Y trabaja, trabaja y trabaja hasta que el estrés u otra enfermedad hacen su aparición. Visita al médico, y este le mete el miedo en el cuerpo, del infarto, del colesterol, del cáncer, de la artrosis… Evita todos los vicios que ha tenido durante toda su vida, y que en la vejez le causan miedo. Ya es tarde: enferma gravemente y –como tiene un miedo atroz a la muerte- la medicina moderna hace todo lo posible para prolongar la enfermedad, y por miedo es sometido a tratamientos y pruebas que muchas veces le crean más dolencias (aunque de eso no es consciente) haciéndolo dependiente de fármacos. Los médicos le suministran potentes opiáceos que alejan al moribundo del miedo al dolor. Ya cercano a su muerte se cuestiona si la vida así vivida tiene algún sentido…deja atrás tantas cosas que le gustaría haber hecho y que por miedo al fracaso, al que dirán… ni siquiera lo ha intentado.
Muchos al leer esto pensaran que es normal vivir de esta forma, el sentir miedo en todas estas situaciones. Si se medita sobre el tema es fácil darse cuenta que es más fácil controlar y utilizar una sociedad donde el miedo sea el motor para moverla para utilizarla, para conseguir llevarnos donde interese.
El miedo es utilizado como elemento de manipulación para subyugar, esclavizar y dominar a las personas.
Podríamos de la misma forma crear una sociedad donde la confianza en la vida, en la colaboración, en el disfrute…fuera el motor de la vida.
Dolores Picallo